Critica

Raul Córdula
Mare Nostrum

Mare Nostrum, esa serie de pinturas de Plínio Palhano, hace referencia a la abundancia del mar, “útero del mundo”, según escribió el poeta paraibano1 Vanildo Brito en las Odes ao Cabo Branco2. Los peces, tema visual de esas telas claramente inspiradas en el milagro, constituyen el registro de su pulsión por pintar, su labor y su éxtasis marcado por la cantidad. Sin observar directamente lo que ocurre dentro del mar, él pinta los movimientos de los cardúmenes de una manera que, aunque cuente con registros fotográficos como modelo, trasmiten la elegancia de sus gestos pictóricos, la misma que estamos acostumbrados a ver en otros momentos de su arte.

La pintura es el emblema de las artes visuales. Por su mediación, se comunica el hombre desde siempre, y se conmueve al contemplar lo que hace, trabajando y reflexionando.

La religiosidad está presente en la pintura de Plínio.

Hemos visto recientemente, en el Museo del Estado, una exposición de grandes telas dedicadas a símbolos y mitos pintados de modo distinto, con stencils y estampilladas, mostrando sin embargo el mismo ritmo de la pincelada conciente, pero a la vez plena de una libertad inusitada, que nos hace pensar en ritos sin dogmas. En ellas había asimismo referencias a la prehistoria del arte, manifestaciones chamánicas que parecen estampadas en nuestro inconciente, volcado hacia el culto, el misterio y la magia, tal como era y es el cristianismo en sus más profundos misterios, como la memoria ancestral de la sangre y del cuerpo que se han vuelto pan y vino.

Raul Córdula

1- Nacido en el estado de Paraíba, al Norte de Pernambuco, región Nordeste de Brasil (NT). 2- Ubicado en la ciudad de João Pessoa, capital del estado de Paraíba, ofrece una bella vista (NT).

Raul Córdula
Memorias de la piel

En el fondo del alma duermen señales, ícones, signos y otras marcas arcaicas. A veces, sin embargo, se despiertan, cobran vida, se revelan. Y surgen en los muros de la ciudad, en el cemento húmedo de las aceras, en los papeles dejados cerca de los teléfonos, donde los hablantes inconscientemente dibujan garabatos, en las arenas de las playas, en las piedras, donquiera. Son manifestaciones rupestres, las mismas creadas por nuestros ancestrales prehistóricos para comunicarse, tal como la selladura de la mano manchada de sangue sobre la pared rocosa de la caverna, o el bisonte pintado con carbón y ocre, o las insculturas de las estelas celtas.

Así es esta serie de telas de Plínio Palhano. Materialmente, los cuadros son sellados con matrices de cuero de buey cubierto con tinta, al igual que las manos del artista antiguo.

Son señaladamente referencias al buey, tal como lo hizo Picasso en Guernica, que él cita pictóricamente. La iconografía se refiere a la guerra por la carne y a la invocación del guerrero. A la guerra, cuando la imagen del buey rupestre se manifiesta en la tela; a la invocación, cuando signos de la cultura religiosa africana señalan creencias y ritos. Se trata de un trabajo de impacto, obra de quien se renueva siempre, integrante de la generación de los grandes artistas de Recife. Un profesional perenne que representa la más insigne tradición del arte pernambucano: la pintura.

Raul Córdula
La mano armada de colores

Uno de los rasgos más ricos de nuestro arte contemporáneo se manifiesta por una informalidad compulsiva. En la pintura de Plínio Palhano, esa tendencia se muestra viva, casi coreográfica, en una danza progresiva que construye una fascinante obra de color y movimiento. Los grandes formatos de los lienzos, que soportan la dramaticidad de los distintos movimientos de ese ballet de colores, son la arena donde las luchas internas del artista desaguan en ese mar de intranquilas olas, uterino como el mar primevo, generador de mundos. Arena o tatami, los lienzos grandes me hacen recordar lo que un día oí de Manabu Mabe: "Como un samurai, ataco el lienzo con mi pincel: cada color, un golpe; cada golpe, un movimiento..."

Olas intranquilas como intranquilos son los pasos de quien genera, de quien añade a la superficie del planeta más combustible para el fuego de las almas. Mejor es decir convulsivo, como una música sin escala, pero de ritmo exacto y de armonía fuerte: atonal y vibrante. El actual conjunto de la obra de Plínio es distinto en su unidad, pero forma en su todo una pieza con plena cohesión, una totalidad singular en la variedad de emociones distintas y opuestas que se dejan atravesar por las tramas de su tejido nervioso. Tal como música, tiene secuencias en andante, pizzicato, alegro y cantata, surgidas del revolver de la materia pictórica en busca de una apoteosis que pueda traducir todo ese armazón de figuras representadas - no la figura-figurativa sino el signo humano, la referencia centrista del "yo estoy" -, pasos de baile, escenarios, climas, reflexiones y emociones extremas. Ese clima, sin embargo, conlleva la contradicción que identifica al mayor delirio del artista, una vez que en los últimos cuadros entra la pintura en sintonía con el paisaje para representar a la exuberante visualidad de Olinda. Sin chocarse con las normas académicas (figura, paisaje, abstracción), su proceso creador se confunde con el proceso mismo de su vida, cargado de todo su complejo psicológico. Desabrocha otro sentido en esa pintura, mejor dicho, en esa repintura porque ella repinta, redescubre a esa Olinda sombreada de verdes y rojos, de oscuros en las copas de los mangos, de colores madurados, azul de mar, luces cortadas de nubes, poca geometría y soplo vegetal. En ese punto, huye la pintura del dominio del artista y se vuelve colectiva, deja el terreno de la introspección e invade los patios y las calles, abandona el escenario - lugar de ejercicios solitartios - y va hacia el aire libre - la piel del planeta -, y se confunde con el acto de vivir.

Si la vemos desde lejos, podemos pensar que la obra de Plínio ha estado recorriendo un accidentado camino desde adentro hacia afuera, un proceso de gestación y parto en busca de la construcción de su ser. Desde el signo hacia el paisaje liberador, desde la modulación cromática hacia la materia, a la masa de tintas puras, como si su mano se armara de colores, y su retina, de espacios, registrando su cuerpo mismo, su verdad absoluta.

Si la miramos de cerca, podemos ver los instrumentos de ese artista: su imprecisión, sus frases sueltas, sus sugerencias de figuras-figurativas, sus negaciones y miedos, sus afirmaciones tajantes. El caminar en el escenario, la carpintería, la iluminación, el sonido - el sonido del color - el brillo, la humedad, la seguridad, la limpieza y la velocidad.

No se concluye un texto como este: es como la pintura de Plínio. Ustedes todavía no han visto nada...